La animalidad del alma es lo más cercano al esplendor de existir.
Yo soy lo que provoco en éste mundo. Esa es la razón por la que existo.
Múltiples caminos se trazan, individualmente, a través del universo.
Es cuestión de trascender donde nos sintamos más productivos.
La meta es ser.

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Don Ramón

El gato las mira, las observa.

No sabe con exactitud por qué, pero se siente tan a gusto como si estuviese bajo un arbol en el llano, rodeado de arbustos dorados, de cara a la montaña, observando a su futuro menú defecar sobre una cría recién concebida.

Aunque suene disparatado, observa y reinterpreta sus gestos, sus comunicaciones. Esos cambios de tono entre indeterminados números de alaridos o vociferaciones, el movimiento de las manos, la sobreapertura de ojos que fulminan la careta de este mundo. Contempla pacificamente, imagina ser como ellos, cómo se siente ser aquello que no se és. Siente, cada vez que lo recuerda, que aquellas cosas que lo integraron a algo que se asemeja a una manada, pueden imaginarselo vistiendo una enorme gabardina junto con zapatos de baile, depositando su galera en el posa abrigos del zaguán de una casona por 9 de Julio al 1500. O eso es lo que imagino cuando lo miro parpadear lentamente mientras observa, sin saber con exactitud el porqué.

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Sátiras de biología psico social, “Jejeje”.

Hay una especie cohabitante del planeta tierra que, al parecer, ha sufrido una de las peores endemias que cualquier ser vivo podría padecer. Según algunos analístas de campos epistemológicos desconocidos, hubo un momento específico en la prehistoria donde el hombre padeció la enfermedad de la ambición. Una afección casi inusual entre las criaturas terrestres -descontando a una raza de Gliptodontes que desaparecieron en cuestión de nueve o diez días al padecerla, ya que se devoraron unos a otros compitiéndo por ver quién llenaba más rápido su estómago-, pero que sin embargo, y aunque no sepamos cómo, se volvió una afección pandémica que provocó una alteración criptonítico-estrambólica en los chotoreceptores termotánquicos de los cerebros de los hombres, causando así, con el correr de los años y luego de incontables procesos y hechos sociales, la instauración del sistema capitalista globalizado contemporáneo.

Sin embargo, además de padecer esta afección, el ser humano experimentó una alteración distinta, más o menos al mismo tiempo que la otra, la cual provocó el desarrollo de la herramienta más asesina, engañosa y maquiavélica del universo hasta ahora conocido: el pensamiento.

Vieja, dame un ibuprofeno que me duele la cabeza.

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Los dulces y ocultos placeres de la vida, tarde o temprano llegan a tus manos. Ese momento es uno de los tantos “antes y después” por los que pasa uno durante su vida. Ese momento es cuando te replanteas toda una forma de pensar a la que le pusieron un esquema. El capitalista quería una sociedad de hombres estresados, atentos a la producción, atentos a llegar a tiempo a trabajar, atentos para vivir bajo las estrictas ordenes de un pequeño reloj que abrazará por los siglos de los siglos tu muñeca. El capitalista llenó de caos, tabúes y prejuicios a un pobre cogollo. Esa dulce florcita, suave y pegajosa, que con solo fumarla te regala un boleto para el tren hacia el subconsciente.

Sin embargo, ahí es cuando sucede. En ese preciso instante, pedis el boleto del tren. Y con solo unos respiros de la sagrada humareda sativica, comenzás el viaje, escapando de tanta alienación, de tanta rutina, de tantos titeres manejados por el titiritero malvado que busca destruir tu libertad de ser un pajaro en medio del cielo.

 

Un tetsto re viejo re.

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Otro de los cortitos.

Son esas noches en las que regreso sonriente, mas disgustado, en las que no hay más que hacer salvo oír música y pensar carajudamente en todo, y a la vez en nada.

Son esas noches en las cuales siento tanto que decir, que los enunciados, las oraciones, las palabras y las letras se desesperan por escapar de mi sucia boca, resbalándose tontamente sobre el espacio sideral del universo, dejándome finalmente abandonado en la tragedia del silencio, al no poder plasmar mis sensaciones a través del texto, ni acá ni en un papelito arrojado a posteriori a un tacho, previamente transformado en un bollito.
Son esas noches donde, en el momento que más siento algo para decir, creyéndome apaleado estúpidamente por mí mismo, finalmente algo agita el horizonte, y nos -ó me- revela amenazante una de las sensaciones más indescriptibles de estos días en los que parece que no sé concretamente un carajo.

Y ni siquiera sabés de qué carajo te estoy hablando.

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Guitarrero II

Algunos músicos, en ocasiones, pueden traernos más sorpresas que las que una cajita feliz puede producirle al pequeño burguesito obnubilado.

Tenemos un dato poco preciso acerca de que un particular músico suele presentarse con frecuencia en los bares del viejo barrio pichincha -cuya barriada podría encarnarse sin dudas en un viejo líbidamente verde con olor a ginebra en el saco-. Varias fuentes de confianza que se trascienden en las noches de arrabal, nos han detallado, como han podido, la peculiaridad de este artista. Otras simplemente han confesado ni más ni menos que el tipo era una mierda.

Un viejo caricúlico de unos cincuenta y tantos, de entrecejo fruncido y apretado, con una esbelta vena dibujándose sutilmente por encima de su sien derecha. Una camisa apalmerada con la billetera sobresaliendo del bolsillo, y un colgante con un par de dados de generala amarrados a su cuello. El señor se sentaba sobre una silla que él mismo se ocupaba de traer, desenfundaba su telecaster del 67′, y tras algunos alaridos y unos tragos de whisky, comenzaba a ejecutar numerosos sencillos de décadas transcurridas.

Lo interesante del caso es que la mayoría de los que han narrado anecdotas sobre este caballero, han coincidido en que ninguna de las canciones ejecutadas sonaban tal cual las originales. Máxime teniendo en cuenta que no sólo sonaban distinto sino que se oían bastante singulares (por no utilizar escalas morales en torno a lo que es bueno y lo que es malo).

Esta singularidad a la hora de tocar desendadenó numerosas consecuencias en su público. Como lo hemos dicho antes, muchos han defenestrado a éste señor, sin embargo han sido varios los que lo han aclamado fervientemente y lo han considerado una potente figura de vanguardia. Han habido muchos otros -la mayoría, curiosamente-, que habían oído en otras ocasiones las versiones originales, pero aún así no habían notado diferencia alguna. Así mismo, había algunos que ni siquiera conocían lo que el pobre señor tocaba, y por lo tanto hacían oído sordo a la hora de la polémica en torno al músico.

Pero sin lugar a dudas se oía horrible. Algunos decían que si los sonidos tuviesen olores particulares, su música olería a huevos podridos. Algunos han confesado haber olido exactamente el aroma de los zapallos mal hervidos, junto con la misma sensación de humedad del baño maría. Otros han dicho que olía a mierda.

Lo que nos han revelado algunos oídos más atentos, es que, toda esta controversia se había generado debido a que las notas producidas por la guitarra del artísta, no poseían una magnitud de ondas equivalentes entre sí, dando como resultado una multitud de ondas sonoras incompatibles unas con otras que se entrecruzaban en los oídos de aquellos seres espectantes.

Solo tres nos dijeron que el señor no sabía afinar la guitarra. Uno de los tres se llamaba Guillermo. Dijo que el tipo era una mierda.

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Los Síntomas de la Demencia (lúcida)

Por un segundo pude entenderlo. Durante un segundo (en realidad no uno sino una gran pero pequeña sucesión de ellos) pude comprender cómo está compuesto este mundo basado en secuencias que llamamos vidas, todas interconectadas unas con otras, formando un “algo” al que llamamos sociedad.

Pude ver las formas en las que todo estaba basado. Y me di cuenta de que no había nada en realidad. Me di cuenta de que a pesar de que este mundo lleva cientos de miles de años a la servidumbre del hombre, no hay nada. Todo es materia. Materia y más materia. Y qué es la materia? Nada, no es nada.

Por un segundo pude comprender que todo esto que nos presentan empaquetado con moño rojo y cartón plastificado no es más que una secuencia inventada. Una obra de teatro dirigida por quién sabe qué. Por un segundo pude comprender todo, pero lo olvidé.

Y qué mierda voy a hacer delante de este monitor? Cómo puede esta humanidad ser tan vacía y artificial que tenemos que refugiarnos todas las noches dentro de cuatro paredes y un techo que no nos permite ver las estrellas, y matar nuestras consciencias ya vacías con un objeto asesino. Tal y como la computadora. Esa maldita invención del hombre blanco.
Terminás quedando solo, como un necio delante de una pantalla, viendo cómo por la ventana se cocina el mundo. Observando lentamente cómo los vientos apantallan nubes una y otra vez, mientras que nos sometemos a hacer nada, nada, nada. Nada.

No quiero nada. No quiero saber más nada.

Me encuentro en el cielo, allá por alguna nube cálida. Estas sensaciones apáticas, a pesar de ser un impedimento para los ciertos deberes diarios que tengo, son incomparablemente hermosas. Es un estado de tranquilidad absoluta, donde, por un momento, nada a tu alrededor te interesa, y solo querés comerte la más rica comida que tu boca haya tenido el gusto de saborear, para luego fumarte un cigarro y caer bajo el dulce hechizo del sueño, y callar en la oscuridad de una noche de verano en invierno.

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