La religión es un germen sociocultural cuyo riesgo de contagio ha existido desde los tiempos en los que el hombre, en busca de control social, pretendió fabricar a un Dios malvado, castigador y déspota, con el objetivo de reprimir y adoctrinar a la sociedad bajo las normas de unos pocos hombres de sotana y canas alrededor de su recto. Millones son aquellos que portan este mal en sus cabezas, en sus familias, en sus estados, en sus reinos y sobre todo en sus iglesias.
Es una enfermedad crónica y terminal cuyas bacterias atacan nuestra libertad y creatividad humanas. Así mismo, aquellos portadores de este monstruoso virus parecen tener la tarea y la capacidad -o el mal- de contagiar cuantos más hombres y mujeres sea posible en este mundo. Su objetivo final: construir un corral, preferentemente uno muy grande, en donde quepa, si es posible, todo el planeta tierra junto con la raza humana, para así, progresivamente, convertirnos en ovejas, obviamente contagiadas de la peste religiosa.
Hemos aprendido que esta enfermedad ha provocado enormes confusiones en las mentes de aquellos hombres que la portaban, y ha causado estragos en las sociedades que, por circunstancias históricas, han padecido esta epidemia. No hay que socavar demasiado dentro de los hechos pasados para confirmar que la creencia en un mundo plano, sostenido por elefantes, cuya periferia se halla plagada de animales monstruosos devoradores de hombres, es producto de una tergiverzación aún más monstruosa que las bestias mencionadas, y que es producto a su vez de la afección que aquí nos disponemos a analizar. Evidentemente una mamadera llena de Dietilamida no hubiese sido suficiente para equiparar el grado de esquizofrenia religiosa de Ginés de Sepúlveda, al proponer el contagio masivo de su enfermedad a los Indios de la recién avistada America. Tampoco podemos olvidar la cacería de Brujas, sin embargo hay cierta discrepancia en cuanto a estos hechos, ya que existe la posibilidad de que aquellas matanzas se hayan efectuado en torno a aluscinaciones provocadas por el cornezuelo, hongo que se halla en el pan de centeno, del cual posteriormente Albert Hoffman extraería el alcalóide del ácido lisérgico. En éste caso el premio se lo lleva nuestro querido aluscinógeno ocasional.
Sin embargo no sólo afectó la psíquis de todos los hombres y mujeres en cantidades abismales, sino que modificó toda una concepción de percibir al mundo que, hegemónicamente, se impuso mediante ordenes del más repugnante de todos los enfermos, cuyos enfermos plebeyos apodaban con el nombre de “Papa”. No sólo pretendían contagiar a la mayor parte de la humanidad (sólo los buenos hombres, blancos y europeos), sino que pretendían asesinar a todos aquellos que tuviesen su sistema inmunológico fuertemente capacitado para contrarrestar su enfermedad. Será así como se cometerá el más sangriento holocausto en la historia de la humanidad, todo por unos enfermos hijos de puta.
Esperamos que en algún momento se encuentre una cura para esta enfermedad, que, olvidándonos de metáforas, no es más que uno de los pensamientos más perversos, masoquistas y castigadores que el ser humano ha tenido el desagrado de experimentar.