Considero que la vida, en criterios individuales, consta de una sucesión indeterminada de etapas que se van desarrollando por medio de factores circunstanciales de talantes sumamente heterogeneos. Este proceso que tímidamente podríamos llamar dialéctico, es el que, en cierta forma, nos va moldeando con el correr de los sucesos (por no hablar de años) y define tanto nuestros ideales o pensamientos, así como también nuestra forma de desenvolvernos en el mundo material que nos rodea.
Aun así, un análisis sobre la consistencia de la vida difiere del sentido de la misma, es decir, el porqué. La búsqueda del sentido de la vida, por no utilizar un concepto más abarcativo, es el motorizador constante de la filosofía, por lo menos la occidental, y es justamente esa interrogante la que los filósofos nunca han podido responder.
Más allá de estos pesares filosóficos, un hombre dijo una vez que la razón y el sentido por el cuál veníamos al mundo era para producir un talento que, según él, todos los seres humanos, hombres y mujeres, poseíamos en mayor o menor intensidad. El hombre hablaba nada más ni nada menos que del arte, en todos sus contextos. Decía que los colores y tonalidades de las mañanas de invierno lo inspiraban a escribir los más hermosos poemas sin pensar ni un solo segundo en lo que posteriormente iba a pronunciar con su birome. Cada vez que observaba los atardeceres de los días más lluviosos, lloraba desconsoladamente mientras pintarrajeaba sentimientos indescriptibles en su bloc de hojas, hasta llegar el momento en que la lluvia cesaba, y su rostro volvía a sonreír. Todo para él era una explosión artística que justificaba su lugar en éste mundo.
Sin embargo, antagónicamente, hubo otro hombre que expresaba un intenso odio hacia el arte. Decía que los artístas eran los hombres más falsos, engañosos y tramposos que la tierra había tenido sobre sus suelos. Más allá de todo este desprecio, este hombre creía, contrariamente al anterior, que los artístas eran afortunadamente muy pocos, por lo cual ideó un plan maestro con el que pretendió arrasar con todos aquellos seres que manifestasen aquellas expresiones. Junto al plan, desarrolló un manuscrito preliminar en el que explicaba detalladamente su aborrecimiento y sus razones para llevar a cabo sus horrorosos planes.
Desafortunadamente se suicidó a los pocos días de finalizar el manuscrito, ya que un colega suyo lo trató de artista al leerlo.
Existió, en circunstancias más contemporáneas, un hombre que concebía la idea de que el sentido de la vida consistía, ni más ni menos, en intentar alcanzar la perfección entre toda una inmensa manada que, al parecer, tenía planes similares a los suyos. Desafortunadamente esa búsqueda de perfección no tenía absolutamente nada que ver con la comprensión de este mundo, menos aún con la comprensión y superación de su ser. Este hombre pretendía clasificar su perfección de forma proporcional al nivel económico y material (entendiéndose éste término en un criterio distinto al anterior, siendo en este caso un concepto para mencionar cualquier artefacto o cosa creada a base del sudor de unos cuántos hombres, ni más ni menos) en el que se encontrase.
Lo que más nos llama la atención a la hora de analizar este ejemplar, es que, el hombre sufría severas angustias al observar a otros hombres con un mayor escalafón en la sociedad. Peor aún, ya que su angustia fácilmente se transformaba en odio y envidia.
No sabemos mucho más sobre este hombre, o adefecio, si se podría alterar su calificativo, sin embargo se comentan dos teorías antagónicas: o se suicidó presa de su angustia y sus falsas estructuras sin sentido, o cometió un magnicidio permaneciéndo de ésta manera como un ser perfecto a los ojos de su pobre estructura psíquica.
Finalmente hubo un hombre que, en pocas palabras, definió que el sentido de la vida consistía en ser libres, para así desarrollar nuestra vida con el sentido que a cada quien nos plazca. El hombre se llamaba Ernesto, con hache o sin hache, dependiendo de cómo te guste.